El director catalán estrena Una cierta verdad, documental con el que cuela la cámara en las salas de un psiquiátrico para desmontar algunos tópicos sobre la esquizofrenia
Abel García Roure ha colocado su cámara en un espacio blindado a la curiosidad ajena. Las salas del hospital psiquiátrico de Sabadell han sido el escenario de su primer largometraje. Una cierta verdad busca cuestionar algunos de los tópicos en circulación sobre la esquizofrenia. Y para conseguirlo llega a grabar las consultas de psiquiatras y pacientes. Del debate entre ambos polos de la enfermedad, recogido por el documentalista sin apenas manipulación, surge una verdad cercana y desdramatizada sobre este trastorno psíquico tan estigmatizado socialmente.
- ¿Por qué un documental sobre la esquizofrenia?
El tema de la psiquiatría me interesa desde hace tiempo. Supongo que en ese interés tiene mucho que ver el hecho de vivir al lado del psiquiátrico de San Boi, el más importante de Barcelona. Mi idea de partida era que no quería no filmar nada que no sintiera la necesidad de hacerlo. Y creo que en Una cierta verdad se cuenta una historia que todavía no se había contado, en la que se retrata la relación íntima entre los psiquiatras y los enfermos de esquizofrenia.
- ¿Cómo consiguió meter la cámara en el hospital?
Conocía desde hacía tiempo a Josep Moya, el actual jefe de psiquiatría del Parc Taulí de Sabadell. Cuando me decidí a grabar Una cierta verdad él me animó y me transmitió la necesidad de hacerla. Con su apoyo fue todo más fácil.
- El documental se centra en cinco pacientes. ¿Con qué criterios los seleccionó?
Esta elección es para mí una cuestión esencial porque de ella depende la estructura de la película. Sigo un poco la idea de Truman Capote de que la forma o el estilo lo marca el proceso de búsqueda y los encuentros, casuales o no, que se producen en esta fase. Los personajes los fui escogiendo de acuerdo al nivel de adecuación a mi guión, pero también otros surgieron como sorpresas que enriquecieron mucho la película. Lo importante, en definitiva, era conseguir un retrato completo y complejo de las distintas caras de la enfermedad.
- El hallazgo de Javier, hombre leído y con un manejo muy rico de las palabras, es clave para la película ya que da mucho juego ante la cámara.
Sí, la verdad es que fue una gran suerte dar con él porque es muy difícil encontrar alguien que sufre un trastorno mental severo y que, a la vez, da una dignidad tan plena es una suerte. Estos enfermos suelen tener una imagen deteriorada, por los efectos de la medicación, por el descuido físico, y eso crea barreras para poder comprenderlos mejor. La amistad creciente con el asistente social fue un regalo que nos dieron, y que ayuda a comprender mejor los límites de la enfermedad y le resta dramatismo, echando por tierra algunos de sus mitos.
- En los prolongados diálogos entre ambos se perfilan dos posturas muy claras: la del enfermo que se niega a tomar los fármacos prescritos porque cree que dañan sus facultades mentales y la de los especialistas, que saben que sino se medica puede sufrir brotes psicóticos agresivos. ¿En este enfrentamiento dónde se sitúa?
Yo intento ser un testigo justo, que intenta comprender y mostrar los motivos de cada uno. No quiero caer en postura maniquea de criticar la labor de los psiquiatras y hacer una especie de metáfora reivindicativa de la libertad frente al sistema. La verdad es no es fácil tomar partido ni dar una solución. Los fármacos le dañan pero sin ello puede cometer una agresión. Lo que transmito es que cualquiera de las ideas sostenidas puede ser cuestionada.
- ¿A qué alude la cierta verdad del título?
Es una frase que emplea Javier para definir su enfermedad. Dice, exactamente: “Una cierta inquietud y una cierta verdad”. Resume un poco las ideas básicas de la película. Para un enfermo de esquizofrenia las manifestaciones de su enfermedad, a veces verdaderos delirios, son más verdad que cualquier otra certeza. Por eso siente que no tiene por qué demostrarlo. Pero, claro, esas verdades suyas no son las de todos.
- ¿Vio luego la película?
Sí. Y quedó muy contento porque su punto de vista quedaba bien reflejado, sin paternalismo. Sus opiniones se tratan con la misma deferencia que las del profesional, ambas quedan a la misma altura en el documental.
- ¿Qué tiene la Universidad Pompeu i Fabra para sacar adelante a tanto documentalista de éxito?
En realidad no la siento como una escuela, como una corriente estética definida. Lo que sí es un espacio de libertad creativa, en el que se ha seguido una política continuada de apuesta por el género documental. Es algo que no es habitual en el resto de España, donde los documentales se hacen un poco a salto de mata. De hecho no creo en la idea triunfalista que ha circulado últimamente. Es muy complicado rodar; antes de conseguir los mínimos medios necesarios, hay que sortear muchas dificultades. Y los circuitos de distribución son difícilmente accesibles. Yo, para rodar Una cierta verdad, he tenido que crear mi propia productora.

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